La alarmante decisión del gobierno de Israel de subsidiar, proteger y promocionar con fondos millonarios el festival “Pride Land” en la cuenca del Mar Muerto —el epicentro exacto de la destrucción de Sodoma y Gomorra— no es una simple coincidencia geográfica; es la manifestación física de la ceguera espiritual descrita por Isaías. La historia bíblica demuestra que cuando una nación altera el orden moral establecido por Dios, normaliza y exhibe con orgullo la Toevá (abominación), la caída social es inevitable.
Esta alarmante desfachatez moral y sus consecuencias no se leen en el Antiguo Testamento. El Nuevo Testamento ratifica con absoluta firmeza el juicio divino sobre estas prácticas y la actitud desafiante del corazón humano:
Judas 1:7 nos recuerda de forma tajante que la geografía elegida para este festival carga una advertencia eterna:
“Como Sodoma y Gomorra y las ciudades vecinas, las cuales de la misma manera que aquellos, habiendo fornicado e ido en pos de vicios contra naturaleza, fueron puestas por ejemplo, sufriendo el castigo del fuego eterno”.
Romanos 1:26-27 detalla con precisión quirúrgica cómo el abandono de Dios conduce directamente a la degradación sexual, un proceso idéntico al que hoy vemos convertido en un espectáculo turístico masivo:
“Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres…”
El apóstol Pedro retoma explícitamente el caso histórico de Sodoma y Gomorra para advertir que Dios no deja el pecado sin juzgar, y menciona cómo el estilo de vida desordenado y las abominaciones (Toevá) afectan a quienes intentan mantenerse fieles.
En 2 Pedro 2:6-8, el texto dice:
6 “Y si condenó por destrucción a las ciudades de Sodoma y de Gomorra, tornándolas en ceniza y poniéndolas por ejemplo a los que habían de vivir impíamente, 7 y libró al justo Lot, abrumado por la nefanda conducta de los malvados 8 (porque este justo, que moraba entre ellos, afligía cada día su alma justa, viendo y oyendo las hechos inicuos de ellos)”.
Pedro deja claro que lo ocurrido en esa zona geográfica específica (donde hoy se pretende hacer el festival) quedó establecido como un ejemplo eterno. Además, describe la conducta de los habitantes como “nefanda” (vergonzosa y abominable) y resalta cómo el creyente fiel sufre en su alma al ver una sociedad que exhibe con orgullo la injusticia y el pecado.
El libro de Apocalipsis: Sodoma como símbolo de la gran ciudad apóstata
En el último libro de la Biblia, el término “Sodoma” se utiliza de manera profética y espiritual para describir a la ciudad donde el sistema del mundo se rebela completamente contra Dios, conectándola directamente con la ceguera espiritual y la persecución.
En Apocalipsis 11:8, al hablar de los dos testigos de Dios que predican en los últimos tiempos, el texto declara:
“Y sus cadáveres estarán en la plaza de la grande ciudad que en sentido espiritual se llama Sodoma y Egipto, donde también nuestro Señor fue crucificado”.
Este versículo es impactante porque une geográficamente el lugar de la crucifixión (Jerusalén/Israel) con el nombre espiritual de Sodoma. El Nuevo Testamento advierte que la misma tierra escogida por Dios puede llegar a convertirse espiritualmente en “Sodoma” cuando adopta la decadencia moral, el orgullo y el rechazo a la verdad divina.
Además, en Apocalipsis 21:8 y 22:15, al describir quiénes quedarán fuera del Reino de Dios y de la Nueva Jerusalén, se menciona explícitamente a los “abominables” (los que practican la Toevá), los fornicarios y los que aman y hacen mentira, confirmando que la postura de Dios frente a la inmoralidad no cambió del Antiguo al Nuevo Testamento.
Dios no hace acepción de personas..
En Romanos 2:6-9, la Biblia explica que Dios “pagará a cada uno conforme a sus obras” y que habrá “tribulación y angustia sobre todo ser humano que hace lo malo”.
Inmediatamente después, en el versículo 11, Pablo aclara que ante el tribunal divino no importan los títulos, las nacionalidades, los millones gastados, ni las justificaciones políticas. Dios no se deja impresionar por las apariencias ni por los argumentos humanos; Él mide a todas las naciones y a todos los individuos exactamente con la misma vara de Su justicia y Su santidad.
Gálatas 2:6: “…Dios no hace acepción de personas…” (Confirmando que el estatus o la posición humana no influyen ante el Creador).
1 Pedro 1:17: “Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación”. (Pedro conecta la falta de acepción de Dios con la necesidad de vivir en santo temor).
Colosenses 3:25: “Mas el que hace injusticia, recibirá la injusticia que hiciere, porque no hay acepción de personas”.
Que Dios “no haga acepción de personas” significa que las naciones —incluyendo a la Israel moderna— son medidas con la misma vara moral que el resto del mundo. El estatus político, la ayuda militar internacional o el éxito económico no compran la aprobación divina cuando se financia y promueve lo que Su ley ya ha juzgado.
La Biblia nos enseña que Sodoma dejó de ser solo un relato del pasado o un punto en el mapa; se convirtió en un símbolo espiritual de rebelión. Pedro advierte que lo que ocurrió en la cuenca del Mar Muerto quedó allí como un “ejemplo” permanente para la humanidad. Que hoy se utilice ese mismo desierto para exhibir abiertamente la Toevá (abominación) confirma la advertencia de Apocalipsis: una sociedad, incluso la que habita la Tierra Santa, puede llegar a convertirse espiritualmente en “Sodoma” cuando adopta el orgullo, la desfachatez moral y la apostasía.



